Estamos de enhorabuena porque el lunes 12 de octubre de 2026 nuestro obispo D. Ginés ha conferido el sacramento del orden a cinco nuevos sacerdotes: Enrique, Carlos, Iñaki, Sergio Rafael y Erik en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles.
El 12 de octubre celebramos la festividad de la Virgen del Pilar y también es la fecha en la que la diócesis celebra su 35º aniversario.
Multitud de personas acompañaron la celebración y esperaron con alegría la salida de las nuevos sacerdotes. ¡Recemos por ellos!
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texto completo de la homilía de D. Ginés
Queridos hermanos en el episcopado. Saludo con afecto fraterno a nuestro Obispo auxiliar, y al Obispo emérito
Queridos hermanos sacerdotes; Sr. Vicario general y Vicarios episcopales.
Querido Sr. Rector del Seminario y equipo de formadores.
Queridos hijos Enrique, Carlos, Ignacio, Sergio Rafael, y Erik que hoy recibís el don del sacerdocio ministerial.
Queridos diáconos y seminaristas.
Queridos consagrados y consagradas.
Queridos padres, familiares y amigos de los ordenandos.
Hermanos y hermanas en el Señor.
En su reciente visita apostólica a España, el papa León recordó a los obispos unas palabras de San Juan de Ávila, patrón del clero secular español, cuyo quinto centenario de su ordenación sacerdotal estamos celebrando: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Esta súplica, pronunciada por el Maestro Ávila, ilumina el misterio de la vocación sacerdotal y nos acompaña hoy en esta celebración gozosa en la que cinco diáconos de nuestra diócesis serán ordenados presbíteros.
Hermosa oración que nos introduce en el misterio de la vocación sacerdotal. Somos llamados a un oficio grande, que supera nuestras fuerzas y revela nuestra pobreza. No somos dignos, pero hemos sido escogidos misteriosamente entre los hombres. Por eso pedimos al Señor no solo un corazón semejante al suyo, sino su mismo corazón, porque solo desde Él podemos emprender el camino ministerial para su gloria y el servicio de los hermanos. Cristo no exige habilidades extraordinarias, sino disponibilidad humilde para dejarse transformar. En la ordenación, esta frase se convierte en programa y promesa: el Señor confía su obra a manos frágiles, pero les regala su propio corazón para amar, servir y entregar la vida.
Hoy, se cumplen 35 años desde que comenzara su andadura nuestra iglesia diocesana de Getafe. Damos gracias a Dios por su presencia amorosa, por los dones recibidos y por tantos sacerdotes que han sido, y son, trabajadores fieles en la viña del Señor. En este día, incorporamos a cinco hermanos a la fraternidad del presbiterio diocesano para formar un solo cuerpo sacramental, caminar juntos y trabajar unidos en la misión encomendada. Gracias, Señor, por este regalo de tu amor.
La Palabra que acabamos de proclamar nos introduce, como siempre, en el horizonte del misterio que celebramos: el ministerio nace de la iniciativa de Dios, nace en el campo de la comunión de la Iglesia y se configura en la entrega de Cristo por los suyos.
El anuncio del profeta abre este camino que nos adentra en el misterio de la vocación. El Espíritu del Señor descansa sobre el enviado y lo unge para una misión que no se define por funciones, sino por gestos de misericordia: llevar la buena noticia a los pobres, vendar los corazones desgarrados, proclamar libertad y consuelo. La unción no lo aparta del sufrimiento del mundo, sino que lo introduce en él con una fuerza que no es propia, sino recibida. La misión comienza siempre así: Dios toma la iniciativa y capacita al enviado para que su presencia sea alivio, esperanza y renovación.
Esta unción, sin embargo, no se vive en soledad. La escena de los discípulos reunidos en la sala superior muestra el clima espiritual en el que nace toda misión auténtica. Antes de ser enviados, permanecen juntos; antes de hablar, oran; antes de actuar, se dejan reunir por el Espíritu. La Iglesia aparece como un cuerpo que sostiene, acompaña y custodia la vocación de cada uno. La presencia de María y de las mujeres recuerda que la misión nunca es individual, porque el enviado no se pertenece a sí mismo. La perseverancia unánime en la oración es la primera forma de comunión y el primer acto de misión: allí se aprende que la fecundidad no depende de la actividad, sino de la docilidad al Espíritu que reúne y envía.
En este clima de oración se escucha la voz de Jesús que habla al Padre de aquellos que le han sido confiados. Él los presenta como un don recibido: «Tuyos eran, y tú me los diste». El ministerio nace de esta pertenencia. Jesús no pide que sean retirados del mundo, sino que sean guardados del maligno, porque su misión se desarrolla en medio de tensiones, contradicciones y fragilidades. La protección que pide no es aislamiento, sino fortaleza interior para permanecer fieles en medio de las pruebas.
La petición central de Jesús es que sean consagrados en la verdad. La verdad no es una idea abstracta, sino la relación viva con el Padre que Jesús mismo encarna. Ser consagrados en la verdad significa vivir desde esta comunión, dejar que la Palabra sea la fuente de la palabra que anuncian, permitir que la vida de Cristo sea la forma de su propia vida. Jesús añade que Él mismo se consagra por ellos, mostrando que la misión no se sostiene solo en la obediencia del enviado, sino en la entrega previa del Maestro. La consagración de Cristo es el fundamento de la consagración de quienes hoy reciben el ministerio.
Finalmente, Jesús los envía como Él fue enviado. La misión del presbítero participa de este movimiento: ungido por el Espíritu, sostenido, plantados en el campo de la Iglesia, y enviado para que la misericordia de Dios llegue a los pobres, a los heridos, a los cautivos y a los abatidos. Así, la Palabra proclamada revela que el ministerio no es un conjunto de tareas, sino una vida entregada que nace de Dios, se alimenta en la comunión y se despliega en el servicio humilde y fecundo.
Ante esta misión surge la pregunta: ¿cómo puede un hombre pobre y limitado llevar adelante algo tan grande?, ¿cómo vivir la fidelidad en la realidad concreta a la que somos llamados? Es la preguntan que os haréis, queridos hijos que hoy recibís la gracia del sacerdocio ministerial; es la pregunta que nos hemos hecho todos, y que debemos seguir haciéndonos cada día. Permitidme deciros: Todo es gracia, en expresión de Teresa de Lisieux. San Pablo lo recuerda también: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Todo lo hemos recibido de un amor más grande, de alguien que nos ama con amor eterno. Nuestro camino es respuesta al amor primero. Del reconocimiento de la gracia nace el agradecimiento. Queridos hijos, vivid un ministerio agradecido: dad gracias cada mañana por lo que sois, por lo recibido, por la vocación y la misión. «Y esta es la señal del verdadero agradecimiento, el verdadero cuidado de perseverar, de tener sus ojos abiertos y sus orejas también» (S. Juan de Ávila, Carta 72, 77ss, Obras IV, 341).
Y este agradecimiento viene de la mano de la humildad y se hace auténtico en el reconocimiento de la humildad. San Agustín dice que «las tres virtudes más importantes son humildad, humildad y humildad». En un sacerdote la humildad es el reconocimiento de la grandeza de Dios y nuestra llamada a ser siervos e instrumentos en su plan. El camino de la santidad sacerdotal a la que estamos llamados es el que se realiza en la humildad.
La vida de intimidad con el Señor será la fuente y la escuela a la que habéis de acudir cada día. Nos llamó «para estar con Él» (Mc 3,14). Nuestra fuerza está en Él. Estar con Él no es perder el tiempo, ni lo quitamos a la misión, todo lo contrario. Ponerse cada día a los pies del Señor para escuchar su palabra, para contemplar su persona y su vida es el aire que nos hace vivir cada día, que nos renueva cada mañana, y da sentido al ministerio, especialmente en los momentos de cansancio, en la decepción, en la soledad; es la alegría que nos hace salir cada día a anunciar que «Cristo es con mucho lo mejor» (Filp 1,23). Ese «estar con Él» pide tiempo y corazón, pide apertura a su voluntad y perseverancia. La oración personal, la liturgia de las horas, la meditación y la devoción son un medio precioso. Pero el centro está, y debe estar, cada día en la Eucaristía. Es el momento en el que nuestro servicio sacerdotal llega a su plenitud, porque es la identificación más perfecta con Cristo, actuamos en su persona. Nos dice S. Juan de Ávila: «Diga misa cada día, aunque no sienta devoción (..) El mejor aparejo y la consideración más provechosa para celebrar el Santo Sacramento del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, principal sacerdote y fuente de nuestro sacerdocio, es considerar de verdad: ¡A Dios voy a consagrar, y a tenerlo en mis manos, y a hablar con Él, y a recibirlo en mi pecho! Es eficacísimo golpe para despertar a un hombre» (Carta 5, 194-200, Obras IV, 39; Carta 6, 33-35, Obras IV, 42).
El servicio al pueblo santo de Dios exige cercanía real y entrega concreta: tiempo ofrecido sin reservas, escucha que acoge, presencia que dignifica. Estamos llamados a mirar a cada persona –y de modo privilegiado a los pobres– a los ojos, reconociendo en ellos el rostro del Señor, ofreciéndoles no solo lo material, sino la dignidad que tantas veces les ha sido negada. Nuestras manos extendidas deben decirles que nuestra casa es también la suya, que en la Iglesia nadie es extranjero. El Señor, que se inclinó para lavar los pies a sus discípulos, permanece como el modelo donde mirarnos cada día, la medida de todo ministerio. Por eso elegimos vivir con un corazón indiviso en el celibato, obedientes al querer de Dios que se expresa a través de mediaciones humanas, en este caso el Obispo, que es padre y pastor. Optamos por la austeridad para ser signo en un mundo que idolatra el tener y olvida el ser. Y hoy, queridos hermanos, sois llamados a ser instrumentos de unidad y comunión, dentro y fuera de la comunidad cristiana, alejándoos y ayudando a alejar toda división y polarización que hiere nuestra sociedad y oscurece el Evangelio.
Dentro de unos instantes, ya consagrados sacerdotes, vais a recibir la patena con el cáliz con el que celebraréis la Eucaristía, y escucharéis: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Se os pide recibir la ofrenda del pueblo santo con corazón humilde. Lo que realizáis y conmemoráis os configure siempre con la cruz de Cristo, para servir entregados, transparentes y fieles al misterio que celebráis.
Queridos hermanos y hermanas, os invito a todos a pedir y a ofrecer por estos nuevos sacerdotes, y por todos los sacerdotes; por la perseverancia de nuestros seminaristas, y por la generosidad de los jóvenes para seguir la llamada del Señor. Quiero que este curso miremos de modo especial a la vocación y a las vocaciones, como he escrito en mi carta pastoral: «Para que tengan vida»; lo hacemos desde el testimonio precioso de los seminaristas mártires que serán beatificados en el próximo mes de noviembre, a los que nos encomendamos.
Ayer me llegó la carta de edificación –la escriben las carmelitas descalzas en la muerte de una hermana- de una carmelita joven que murió hace unos meses en la Aldehuela. Ella tenía entregada su vida a las almas, especialmente a los sacerdotes. En algún momento había escrito: «El Señor me llena de deseos de vivir a fondo nuestra vida, y entregada «por ellos»». En los últimos momentos de su vida, las hermanas rezaban con ella letanías que iban improvisando para ayudarla en los momentos difíciles: «Aunque todos los días me tengan que ayudar para todo… por un sacerdote: ¡Vale la pena!», respondía con el rostro iluminado por la emoción. Por estar sentada continuamente en la silla de ruedas… por un sacerdote. ¡Vale la pena! Aunque no pueda hablar y expresar lo que me pasa… por un sacerdote. ¡Vale la pena! Precioso testimonio para todos.
Santa María, Madre de los Ángeles, Señora sobre el Pilar, y Madre de los sacerdotes acompaña a estos nuevos sacerdotes y a toda la Iglesia que peregrina en Getafe, para que vivamos con fidelidad, alegría y corazón entregado al Señor.
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