Meditaciones de las 24 horas para el Señor 2017

El pasado día 25 se dió un retiro en la parroquia con dos meditaciones.  Aquí recogemos los textos utilizados para quien no pudiese asistir y para quien quiera recordarlos y meditar con ellos.

MEDITACIÓN 1.

SAN JUAN DE AVILA

“LOS SERMONES DE NUESTRA SEÑORA”

Frases escogidas:

“La señal de los escogidos de Dios pertenece a aquellos que tienen una devoción entrañable a la Virgen”.

“Sed devotos de esta bendita Señora y servidla”.

“¿Pensáis, si saludáis a la Virgen y la rezáis o le haces algún servicio, acaso lo echará en olvido? No lo hará, sino por una bendición que le digáis, a su bendito Hijo que os dé diez. Dirá: Hijo mío, bendecid a este que me bendijo”.

“¿Queréis honrar a la Virgen? Llamadla MADRE DE DIOS HUMANADO; porque quien esto lo dice, honra le da sobre toda honra y no será sin galardón, porque ella es muy agradecida, y ama a quien la ama y honra a quien la honra”.

“Si te viste en pecado y te ves fuera de él, por intercesión de la Virgen fue; si no caíste en pecado, por ruego suyo fue”.

“Mediante ella, el pecador se levanta, el bueno no peca”.

“El perseguido del demonio recurra a la Virgen con fe, que luego será librado de él. Uno de los principales remedios contra el demonio es recurrir a la Virgen”.

“Si en tu corazón tienes arraigado el amor suyo, es señal de predestinado, quia Dominus dixit: Et in electis meis mitte radices. Este premio le dio nuestro Señor: que los que su Majestad tiene escogidos, tengan a su Madre gran devoción arraigada en sus corazones”.

“¿Qué haré para tener devoción con la Virgen? ¿No le tenéis devoción? Harto mal tenéis; harto bien os falta; más querría estar sin pellejo que sin devoción de María. En mis escogidos echa raíces”.

“¿Qué raíces? Una gran devoción de corazón con la Virgen; y quien ésta no tiene, no descanse hasta que la halle. Una de las señales de los que se han de salvar es tener gran devoción a la Virgen. En mis escogidos, Madre, echa raíces”.

“Y quien en vuestra vida mirare, hallará las armas que ha menester para pelear las peleas de Dios, si la quisiere tomar. En vos tienen que mirar los niños, los mozos y los viejos; en vos los que se casan y no se casan, los mayores y los menores. Ni hay virtud que vos no enseñéis ni trabajo en que vos no los consoléis y esforcéis, porque fuistes vos la más santa de las santas”.

“Imita a la Virgen que creció de luz en luz”.

“Imitémosla en la humildad y en las demás virtudes”.

 

LA ENCARNACIÓN DEL SEÑOR

Lc 1,26-38: Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel entrando en su presencia, dijo:

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba que saludo era aquel. El ángel le dijo:

«No temas, María, porque has encontrado gracia ante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.

Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:

« ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?».

El ángel le contestó:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contesto:

«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el ángel.

 

MEDITACIÓN 2

JUBILEO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA

VIGILIA DE ORACIÓN “PARA SECAR LAS LÁGRIMAS”

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica Vaticana Jueves 5 de mayo de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Después de los testimonios que hemos oído, y a la luz de la Palabra del Señor que ilumina nuestra situación de sufrimiento, invocamos ante todo la presencia del Espíritu Santo para que venga sobre nosotros. Que él ilumine nuestras mentes, para que podamos encontrar palabras adecuadas que den consuelo; que él abra nuestros corazones para que podamos tener la certeza de que Dios está presente y no nos abandona en las pruebas. El Señor Jesús prometió a sus discípulos que nunca los dejaría solos: que estaría cerca de ellos en cualquier momento de la vida mediante el envío del Espíritu Paráclito (cf. Jn 14,26), el cual los habría ayudado, sostenido y consolado.

En los momentos de tristeza, en el sufrimiento de la enfermedad, en la angustia de la persecución y en el dolor por la muerte de un ser querido, todo el mundo busca una palabra de consuelo. Sentimos una gran necesidad de que alguien esté cerca y sienta compasión de nosotros. Experimentamos lo que significa estar desorientados, confundidos, golpeados en lo más íntimo, como nunca nos hubiéramos imaginado. Miramos a nuestro alrededor con ojos vacilantes, buscando encontrar a alguien que pueda realmente entender nuestro dolor. La mente se llena de preguntas, pero las respuestas no llegan. La razón por sí sola no es capaz de iluminar nuestro interior, de comprender el dolor que experimentamos y dar la respuesta que esperamos. En esos momentos es cuando más necesitamos las razones del corazón, las únicas que pueden ayudarnos a entender el misterio que envuelve nuestra soledad.

Vemos cuánta tristeza hay en muchos de los rostros que encontramos. Cuántas lágrimas se derraman a cada momento en el mundo; cada una distinta de las otras; y juntas forman como un océano de desolación, que implora piedad, compasión, consuelo. Las más amargas son las provocadas por la maldad humana: las lágrimas de aquel a quien le han arrebatado violentamente a un ser querido; lágrimas de abuelos, de madres y padres, de niños… Hay ojos que a menudo se quedan mirando fijos la puesta del sol y que apenas consiguen ver el alba de un nuevo día. Tenemos necesidad de la misericordia, del consuelo que viene del Señor. Todos lo necesitamos; es nuestra pobreza, pero también nuestra grandeza: invocar el consuelo de Dios, que con su ternura viene a secar las lágrimas de nuestros ojos (cf. Is 25,8; Ap 7,17; 21,4).

En este sufrimiento nuestro no estamos solos. También Jesús sabe lo que significa llorar por la pérdida de un ser querido. Es una de las páginas más conmovedoras del Evangelio: cuando Jesús, viendo llorar a María por la muerte de su hermano Lázaro, ni siquiera él fue capaz de contener las lágrimas. Experimentó una profunda conmoción y rompió a llorar (cf. Jn 11,33-35). El evangelista Juan, con esta descripción, muestra cómo Jesús se une al dolor de sus amigos compartiendo su desconsuelo. Las lágrimas de Jesús han desconcertado a muchos teólogos a lo largo de los siglos, pero sobre todo han lavado a muchas almas, han aliviado muchas heridas. Jesús también experimentó en su persona el miedo al sufrimiento y a la muerte, la desilusión y el desconsuelo por la traición de Judas y Pedro, el dolor por la muerte de su amigo Lázaro. Jesús «no abandona a los que ama» (Agustín, In Joh 49,5). Si Dios ha llorado, también yo puedo llorar sabiendo que se me comprende. El llanto de Jesús es el antídoto contra la indiferencia ante el sufrimiento de mis hermanos. Ese llanto enseña a sentir como propio el dolor de los demás, a hacerme partícipe del sufrimiento y las dificultades de las personas que viven en las situaciones más dolorosas. Me provoca para que sienta la tristeza y desesperación de aquellos a los que les han arrebatado incluso el cuerpo de sus seres queridos, y no tienen ya ni siquiera un lugar donde encontrar consuelo. El llanto de Jesús no puede quedar sin respuesta de parte del que cree en él. Como él consuela, también nosotros estamos llamados a consolar.

En el momento del desconcierto, de la conmoción y del llanto, brota en el corazón de Cristo la oración al Padre. La oración es la verdadera medicina para nuestro sufrimiento. También nosotros, en la oración, podemos sentir la presencia de Dios a nuestro lado. La ternura de su mirada nos consuela, la fuerza de su palabra nos sostiene, infundiendo esperanza. Jesús, junto a la tumba de Lázaro, oró: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42). Necesitamos esta certeza: el Padre nos escucha y viene en nuestra ayuda. El amor de Dios derramado en nuestros corazones nos permite afirmar que, cuando se ama, nada ni nadie nos apartará de las personas que hemos amado. Lo recuerda el apóstol Pablo con palabras de gran consuelo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […] Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35.37-39). El poder del amor transforma el sufrimiento en la certeza de la victoria de Cristo, y de nuestra victoria con él, y en la esperanza de que un día estaremos juntos de nuevo y contemplaremos para siempre el rostro de la Trinidad Santísima, fuente eterna de la vida y del amor.

Al lado de cada cruz siempre está la Madre de Jesús. Con su manto, ella enjuga nuestras lágrimas. Con su mano nos ayuda a levantarnos y nos acompaña en el camino de la esperanza.